Relatos de nuestros visitantes
Volver a la Página Principal  - Contáctenos
 


PUENTES COLGANTES DE LOS SALTOS DEL GUAIRÁ y MI PRIMER VIAJE A LOS SALTOS DEL GUAIRÁ

Soy nieto de inmigrantes italianos, viví durante mi niñez y adolescencia en un barrio cercano al centro de Asunción. Recuerdo vívidamente que entre las manzanas comprendidas por las calles Pte. Franco, Colón, 7ma proyectada y Ntra. Sra. de la Asunción...

Hola italiaparatodos:

 Aunque me tomó de sorpresa el descubrimiento de ésta pagina, quiero, por de pronto, no dejar pasar la oportunidad que me dan, para rememorar algunos hechos muy puntuales.

Soy nieto de inmigrantes italianos, viví durante mi niñez y adolescencia en un barrio cercano al centro de Asunción. Recuerdo vívidamente que entre las manzanas comprendidas por las calles Pte. Franco, Colón, 7ma proyectada y Ntra. Sra. de la Asunción, vivían y / o tenían sus negocios, varias familias amigas de mis abuelos y padres; entre ellas estaban: Trovato, Gulino, Gianninoto, Tumino, Tessari, Palumbo, Saco, Ruggero,y otras más que en este mismo instante no recuerdo muy bien.

En fin paso a rememorar lo siguiente:

-Todos los domingos, hasta que enfermó mi padre, la familia, sí o sí, iba al Cementerio Italiano a visitar a los abuelos, y por supuesto a limpiar las lápidas de los nichos.

-Antes de ir del Cementerio, muy temprano, mamá y mis tías preparaban a mano los fideos y los ñoquis, y los colocaban sobre un catre de lona para secarlos. A la vuelta del Camposanto, se preparaban las salsas, y con gran algarabía comíamos todos juntos.

-Entre risas y chanzas mi padre recordaba, que el tío “Bartolo” cada tarde caminaba con los Trovato por todo lo largo de la calle Montevideo hasta el centro, una y otra vez. Lo simpático del grupo era, que todo el vecindario salía a mirarlos porque hablaban y discutían en voz alta, gesticulando, como si fuera que estaban peleando, y al final se despedían con un abrazo y se iban cada uno a su casa.

-Otro hecho que siempre que lo recuerdo me hace sonreír, era el que contaba el señor Palmieri: éste, llegada la siesta, cuando don Palumbo se disponía a dormir, iba hasta la vivienda y golpeaba con los puños la cortina metálica, hecha por el Sr. Genaro Caló, pillería que ponía tan furioso a don Palumbo, que salía rápidamente en busca de Palmieri, pero siempre tarde para encararlo, gritando “si te agarro verás, Palmerda de la bachacleta” (si te agarro verás Palmieri de mierda de la Bicicleta).

Felicidades por la página

Espero que alguien me siga con los recuerdos.

Mascheroni

 

Parece que con el amigo Mascheroni somos de la misma edad, porque yo recuerdo también las tallarinadas familiares de los domingos, y cómo nos peleábamos entre todos los hermanos y primos para conseguir que mamá y las tías nos dieran tenedores y nos permitieran hacer deslizar los bollitos de masa para hacer los gnoquis. No teníamos nada de lo que hoy existe, pero qué días felices pasamos.

 

Muy Buena la idea de la página.

Saludos        

Gennaro

  

PUENTES COLGANTES DE LOS SALTOS DEL GUAIRÁ.

Los puentes colgantes, hechos de tablas de madera, unidas unas a otras y a los pasamanos, por cables de acero, tenían muchos años de vida. Sólo se podían acceder a ellos, por el lado brasilero; desde el Paraguay no había forma de recorrer los majestuosos Saltos del Guairá o Sete Quedas (para el Brasil). Algunos tenían aproximadamente 5 a 7 metros de largo, pero otros, los más, fácilmente superaban los 20 metros. Era la única manera de atravesar losprofundos cañones -sin dudar algunos con más de 25 metros de altura- que recorrían a todo lo ancho del terreno rocoso; vasta superficie que creo yo, a ojo de buen cubero, era superior al kilómetro.

Lo cierto y lo concreto del relato es que como había dicho, los puentes tenían muchos años de vida, pero poco tiempo para morir; razón por la que las autoridades encargadas del turismo, negligentemente ya no los mantenían en forma. Esta circunstancia, poco tiempo después de que yo lo visitara (por segunda vez) y tomara las fotos que se exponen en la galería, uno de los puentes cedió, y produjo la muerte lamentable de varios turistas.

Eduardo Ammatuna

 

MI PRIMER VIAJE A LOS SALTOS DEL GUAIRÁ

      Un día de junio de 1978, un colega y yo, recibimos la orden urgente de trasladarnos hasta la ciudad de Saltos del Guairá, con la finalidad de atender un problema de nuestra especialidad. Nos dijeron que retiráramos el vehículo, que fuera recién reparado, del taller, y que emprendiéramos viaje esa misma noche. A las 21:30 estábamos viajando, fuera de nuestro gusto, en un vetusto “rastrojero diesel”, aquellos vehículos pesadísimos, sin dirección hidráulica, fabricados por las FFAA argentinas. A la una y tanto de la madrugada, en pleno desolado e intransitado camino, si así se lo pudiera llamar al conjunto de duros peñascales y profundos arenales que atravesaba la tupida selva, se salió una de las ruedas y fue a parar dentro del matorral. Después de mirarnos y sin enojarnos, pues éramos muy jóvenes, bajamos en busca de la misma; ni bien pusimos pié en tierra, un largo reptil cruzó por medio del círculo iluminado por nuestra linterna de tres pilas, motivo por el cual nos metimos de nuevo a la camioneta y decidimos quedarnos dentro hasta que amaneciera, ya que sabíamos muy bien que por allí, en ese entonces, no pasaba ni un alma. Después de dos horas, nos sorprendió un alma; era un intrépido chofer de un camión tanque de la Shell que iba rumbo a Coronel Oviedo. Por las dudas y como era costumbre, en ese momento recién nos enteramos, el camionero paró a unos cien metros de donde estábamos y sin apagar las luces altas, con un reflector nos dió de lleno en la cara. Después de largos minutos y de muchas preguntas y respuestas a los gritos, se convenció de que no éramos bandoleros, y a pesar de ello se acercó tímidamente, pistola en mano, con su acompañante.

     Cuando se dieron cuenta de que la rueda había salido con el tambor de freno a cuestas, y que no había solución, nos dejó una docena de galletas, una lata de leche condensada, y un consejo: no salgan de la cabina, y si escuchan maullidos, menos aún, porque no son gatos sino yaguaretés (una especie de tigre americano). A la hora ya habíamos devorado las galletas y la leche condensada, y a las dos de la tarde estábamos “muertos” de sed. A las cuatro pasó un camión militar y nos remolcó hasta la unidad de la zona; allí repararon nuestro vehículo y seguimos camino con las provisiones que nos facilitaron. A las siete de la noche, con precaución y con los músculos de la espalda y los brazos doloridos, paramos para desagotar la vejiga; al terminar la operación, dejamos de hablar sin saber porqué; en ese instante bajo un cielo lleno de estrellas sentimos como un levísimo temblor en los pies y una especie de rugido continuo y distante. Habíamos llegado a treinta kilómetros de los Saltos del Guairá.

     Terminado nuestro trabajo decidimos hacer una visita a los casi míticos, para nosotros, Saltos del Guairá. Pedimos información de cómo llegar a ellos, y un empleado nos dijo que nos llevaría hasta el sitio adecuado (en esos términos). Subimos al vehículo, y en unos minutos llegamos a orillas del río Paraná. Nos compró los boletos, nos despidió con un “buen viaje” y con “recuerden que éste puerto es brasilero”. En un principio me costó entender, ¿cómo sin cruzar ningún río, estábamos en el lado brasilero? Era así nomás, nos encontrábamos en Mundo Novo o Novo Mundo, no recuerdo muy bien, y debíamos cruzar a la otra orilla, a la ciudad de Guaira para de allí encaminarnos hacia los Saltos. En fin, cuando estábamos a mitad del río en una desvencijada lancha, que cruzaba rutinariamente varias veces al día, transportado pasajeros y mercadería, recién caímos en cuenta de lo peligroso que era el cruce; el ancho del río en esa zona tenía sus buenos 8 kilómetros, según un soldadito del ejército brasilero que también hacía la travesía normalmente. Miré mi reloj, y me di cuenta que llevábamos ya treinta minutos navegando, y todavía faltaba para llegar al puerto de Guaira; impaciente, pero en tono jocoso, le dije a mi colega: parece que el motor de la lancha está trabajando a ritmo forzado, veremos si llegamos a tiempo. Ni corto ni perezoso inmediatamente me respondió: vení y mirá a la derecha. ¿Ves esa neblina allá? Allí está el despeñadero de toda esta agua; así que será mejor que lleguemos a cualquier hora, pero que lleguemos. El amigo tenía razón, como yo no estaba cerca de la borda, no me había dado cuenta de la velocidad sorprendente de la corriente del río, ni de la sensacional nube de rocío que se levantaba no muy lejos de nuestro transporte.

      Pensé, con esta vez basta, pero luego de recorrer los extraordinarios saltos, quedé, no sé como expresarlo, y al año siguiente volví encantado.        


Descargar:

2013-09-16 00:00:00
 
© 2.007 Eduardo Ammatuna - Derechos Reservados
Aviso Legal sobre esta Página
Diseño y Desarrollo
Fernando Cuevas